viernes, 20 de noviembre de 2009

El arte de la enseñanza


“Dedicado a ti y a mí, que con nuestro arte educamos nuevos hombres magos.”

El arte de la enseñanza

Manifestada por una explosiva convención entre pasión y disciplina, el arte expresa la concepción magnífica de una obra que desenfunda el alma, la hace sublime y a la vez tan pequeña, que puede caber dentro de cada uno de los corazones que comparten su presencia. Así pues, se establece dentro de un parámetro mucho más mágico y universal que el maestro, más que un simple profesor, es un artista por excelencia.

Enseñar por el placer de hacerlo simplemente, es un ínfimo rasgo que no denota la cabalidad del rostro con el que el maestro hace levitar sus palabras sobre los gestos pueriles de sabios que conocen los más grandes secretos de un mundo ajeno a aquellos que, como tú y yo, pensamos primero en la leve armonía de estas palabras y no en el colosal universo que se encuentra ante ellas. Porque somos nosotros los que, convencidos en una absurda certeza, nos enorgullecemos de que, más que cualquier otra cosa, es la capacidad de lectura lo que nos eleva por encima de la irracionalidad y nos hace ser racionales.[1]

Y no terminamos de comprender el mundo. Va más allá de lo que la razón permite aclarar, ya que nuestros ojos se posan firmes sobre lo que ya conocen, como una inquieta mariposa, imbatible sobre su franqueable asentamiento de hojas de otoño…Es tiempo de volar.
Es tiempo de permitir que los maestros de la infancia nos enseñen el significado de las palabras más simples, mientras nosotros les hacemos ver la forma de escribirlas. Es tiempo de filtrarnos en su mundo mientras les desglosamos el nuestro, es tiempo de acabar con el tiempo, y hacer de la docencia una mágica eternidad.

La vida se sumerge muchas veces en un océano de irracionalidades que convencen al más cuerdo de que la locura es una simple invención que cada vez se difumina más y se establece como la esencia de un ser que, como el hombre: no pide nacer, no sabe vivir y no quiere morir.

El maestro entonces es el artista que hace al inocente conocer y utilizar las herramientas para mantenerse de pie en ese mundo dinámico y hostil, sin embrago, el oficio del arte de enseñar lleva también al docente a dibujar con sus palabras el mundo real, su historia, sus progresos y sus errores, de manera que convierte el salón en una magnífica puerta que este sabio de medidas cortas trasgrede fácilmente dirigido por el diáfano instinto de la curiosidad, transformándose en el emperador de un mundo que recién conoce.

Al ingresar en la escuela, el niño se encuentra en una edad en que su racionalidad todavía no está bien desarrollada y en la que los sentimientos dominan el pensamiento.[2] ¿Qué me hace recordar el amor? Nada más la certeza de que este sentimiento remueve el alma hasta convertirla en un elixir incierto que se decanta por cada una de nuestras pasiones, convirtiendo nuestro frágil ser en el centro del universo. El niño ama su mundo mágico que se instaura a través del nuestro, porque nada para él carece de originalidad, pero todo es tan fantástico y real a la vez que, al final, no podemos reconocer la veracidad ni de su mundo ni del nuestro, porque mientras nuestra diligente racionalidad trata de compararlos, la magia pueril del niño ya los ha fundido, transfigurando nuestras palabras en maravillosas nubes con formas definidas que van y vuelven muchas veces y a la vez, tal como lo hacen los sueños de aventuras.

Ese es el verdadero corazón del arte del maestro, amar su profesión mientras hace de ella el vínculo sublime con el que se pueda gestar una vida magnífica que nunca termina de aprender y que, más bien, se deja llevar eternamente por esa magia febril que delegan los sabios más pequeños del universo: los niños, aquellos que, aún siendo los reyes inapelables de su cosmos fantástico, se dejan enseñar de un rústico y humilde servidor las incidencias más simples de un mundo diluido y racional que, en la emotiva esencia de la magia, hace que nuestro arte de la enseñanza sea el único medio con el que tú y yo comprendemos que después de estas incólumes palabras aladas, no sigue un punto final.

Danilo Andrés Rey Jerez 2070463

[1] Bettelheim, Bruno y Zelan, Karen. En: Apender a leer; “La magia de la lectura”. Barcelona: Grijalbo.1982, pág. 58
[2] Bettelheim, Bruno y Zelan, Karen. En: Apender a leer; “La magia de la lectura”. Barcelona: Grijalbo.1982, pág. 59