La Playa
Isabel Orduz vivió casi toda su infancia en un caserío de caña brava, un tumulto de casitas débiles asentadas a la rivera del Magdalena, aquel río por donde confluían cientos de generaciones de comerciantes y turistas, el canal en el cual las innovaciones más importantes llegaban a nutrir la Nación. Su vida no tuvo más despliegue económico que el de los peces con los que alcanzaba su padre a inflar una pequeña red, antes de que cayera la noche. -Eran pocos- dice ella, -por esto éramos muy pobres. La verdad es que, resulta difícil saber que las porcelanas en forma de elefante indio y los discos de colección de Totó, la momposina, vienen a ser parte integral de quien fuera antes una pequeña niña de facciones delgadas y acento costeño. Pero es cierto, “La profe Isa”, como la llamé en mi escuela, no sólo pudo conseguir pequeños detalles que la muerte borrará, como los discos o las porcelanas, también, en el ámbito total de una vida tan corta como la mía, consiguió su eternidad a través de mi amor, y el de muchos de sus alumnos.
Algunas preguntas sobre su juventud e infancia que responde difícilmente me dan a entender que nada fue fácil, como pensarían muchos, sino que, al contrario, cada paso estuvo cargado de una exuberante dosis de sudor y esfuerzo. Contrariando a su padre, esta mujer que varía ahora entre los 73 o 75 años, se arriesgó con un amigo de colegio a estudiar en una ciudad distinta, lejos de aquel caserío, prometiendo volver algún día, llena de conocimientos.
-Con Julio ya teníamos planeado ir donde unos familiares- proclama con picardía, como si su juventud volviera a hacer tensa su piel por un segundo, mientras afirma el plan que a los diecinueve años tomó con su amigo, rumbo hacia el conocimiento, hacia la enseñanza, camino a Bucaramanga. Se establecieron y obtuvieron años después un título mínimo docente, bajo el apadrinamiento de los tíos de su amigo. Este fue el punto de partida para Isabel, su objetivo era enseñar, y empezó a conseguirlo a través de algunas instituciones y decenas de aprendices que verían a mi joven profe’ impartiendo evaluaciones y lápices a todos aquellos que no tenían con qué contestarla.
Aunque su llegada a Bucaramanga hubiera sido difícil por sí misma, Isabel afirma que si no tienes unas buenas bases en valores y moral, no será nunca fácil que se puedan llegar a cumplir metas honradas y soñadoras como las que ella tenía en su juventud, y aún sigue teniendo en su vejez. –Por muy bobo que suene, pero ojalá, al menos, cada niño tenga un lápiz y una hoja, lo demás se lo enseña uno- reafirma ella con sus años, mientras yo, casi enamorado, recuerdo las veces que llegaba a mi salón con lapicitos amarillos y hojas de blog, para los que no tenían, o para todos, siempre, a principios de mes.
La profesora Isabel hizo del español una materia mucho más divertida en la escuela: nos contaba cuentos, nos comprometía a escribir nuevos, nos narraba noticias del periódico y hasta una vez, en medio de una veintena de ojos pueriles y curiosos, afirmó que el Amor tenía nombre, alas, y que siempre buscaba parejas para lanzarles una flecha con la punta en forma de corazón, en medio de una civilización que no había visto problema alguno en que este chiquitín extrovertido fuera hijo del Dios de la Guerra. Ya tenía más de 50 años, pero aún así, conservaba esa actitud juvenil que la llevó hasta allí, para enseñarnos a mí y cientos de compañeros dónde debía escribirse la tilde en las esdrújulas o cómo debía pronunciarse la ll del caballo para que no cambiara de forma el pobre animalito.
Ahora, con tantos años que me da un poco de vergüenza preguntarle, me dice que recuerda su pueblo natal cada vez que llega a la pequeña escuela en la que enseña sus últimas cosas. Allí, en una pequeña parte de la pobre cancha de fútbol de tierra, ella inmortaliza el recuerdo de su niñez, jugando en la playa del río, creando y destruyendo sus mismos castillitos, en una arena que no se parecía en nada a aquel polvo que ella ahora toca con sus serias zapatillas, salvo que, en ambos lugares, se mezclan la naturaleza, con la magia única del los niños jugando. Por eso considera su escuelita una playa, porque es lo más maravilloso que en su mente, alguna vez, hubiera tenido un contacto directo con la felicidad. Y por eso, así mismo, considero por sus palabras que su vida es en sí misma como una gran playa, cuando me aconseja con voz temblorosa: -aquí o en cualquier parte, uno debería gozar como si estuviera haciendo castillitos de arena-.
Es hora de irme y la Profe Isa se levanta para darme un gran abrazo, de esos que nunca olvidas, de esos que están cerca de un adiós definitivo, un abrazo que se efectúa en cuatro o cinco segundos, pero que dura para siempre. La profe querida, la que me entregaba lápices y veía con entusiasmo a los niños jugar fútbol, volverá a su pueblito a compartir con su gente todo lo que vivió en una tierra que nunca le pareció ajena, y a contarles la historia de su vida que es, para muchos, como uno de aquellos cuentos fantásticos que nos enseñaba, como la mágica y hermosa imagen de una playa al atardecer.