miércoles, 17 de marzo de 2010

Texto Autobiográfico (A mi manera)

Nada más
Nada, nada más yo,
es decir, poca cosa,
un cero a la izquierda o a la derecha,
en el centro de cualquier cabeza.
Sigo siendo un infinito:
Falso: Perfecto,
magistral, pero imposible.
Nada más me adopta el viento
quien me lleva hacia la naturaleza de lo absoluto
y me acoge...
respetando la pequeñez
de aquella cosa que no existe.
Inesperada solución
de aquel que no sabe
para qué sirve.
Me digo Nada, simplemente poque soy yo,
un lector que no escucha
el sonido del silencio.
Una vida que no existe
más que en el corazón de los que ya partieron
Porque muerto estoy,
porque muerto estuve;
Porque nada más soy
lo que un lápiz y una hoja...
en el aire...
se llevan siempre como el vestigio
de un antiguo, insípido resumen.

martes, 16 de marzo de 2010

Narrativo (A lo Rodari, Cuento Corto)

Palabras: Fantasma y arroz

Nadie lo encuentra, lleva dos días perdido en la inmensidad de un universo luciérnaga que brilla y oscurece con tan amplia facilidad que escapa en solo cuestión de segundos. En la mesa, donde todos estábamos esperándolo, no hubo más momento de alegría. El tenedor se negó a buscarlo, el vaso cristalizó su testimonio, la mesa permaneció inmóvil, mientras el mantel se escondía para no ser cuestionado: el arroz que iba a llevar a mi boca, en una sola ráfaga de mis párpados, había desaparecido como un fantasma, en el espeso bosque de mi plato de verduras.

Crónica a mi Maestra


La Playa

Isabel Orduz vivió casi toda su infancia en un caserío de caña brava, un tumulto de casitas débiles asentadas a la rivera del Magdalena, aquel río por donde confluían cientos de generaciones de comerciantes y turistas, el canal en el cual las innovaciones más importantes llegaban a nutrir la Nación. Su vida no tuvo más despliegue económico que el de los peces con los que alcanzaba su padre a inflar una pequeña red, antes de que cayera la noche. -Eran pocos- dice ella, -por esto éramos muy pobres. La verdad es que, resulta difícil saber que las porcelanas en forma de elefante indio y los discos de colección de Totó, la momposina, vienen a ser parte integral de quien fuera antes una pequeña niña de facciones delgadas y acento costeño. Pero es cierto, “La profe Isa”, como la llamé en mi escuela, no sólo pudo conseguir pequeños detalles que la muerte borrará, como los discos o las porcelanas, también, en el ámbito total de una vida tan corta como la mía, consiguió su eternidad a través de mi amor, y el de muchos de sus alumnos.

Algunas preguntas sobre su juventud e infancia que responde difícilmente me dan a entender que nada fue fácil, como pensarían muchos, sino que, al contrario, cada paso estuvo cargado de una exuberante dosis de sudor y esfuerzo. Contrariando a su padre, esta mujer que varía ahora entre los 73 o 75 años, se arriesgó con un amigo de colegio a estudiar en una ciudad distinta, lejos de aquel caserío, prometiendo volver algún día, llena de conocimientos.

-Con Julio ya teníamos planeado ir donde unos familiares- proclama con picardía, como si su juventud volviera a hacer tensa su piel por un segundo, mientras afirma el plan que a los diecinueve años tomó con su amigo, rumbo hacia el conocimiento, hacia la enseñanza, camino a Bucaramanga. Se establecieron y obtuvieron años después un título mínimo docente, bajo el apadrinamiento de los tíos de su amigo. Este fue el punto de partida para Isabel, su objetivo era enseñar, y empezó a conseguirlo a través de algunas instituciones y decenas de aprendices que verían a mi joven profe’ impartiendo evaluaciones y lápices a todos aquellos que no tenían con qué contestarla.

Aunque su llegada a Bucaramanga hubiera sido difícil por sí misma, Isabel afirma que si no tienes unas buenas bases en valores y moral, no será nunca fácil que se puedan llegar a cumplir metas honradas y soñadoras como las que ella tenía en su juventud, y aún sigue teniendo en su vejez. –Por muy bobo que suene, pero ojalá, al menos, cada niño tenga un lápiz y una hoja, lo demás se lo enseña uno- reafirma ella con sus años, mientras yo, casi enamorado, recuerdo las veces que llegaba a mi salón con lapicitos amarillos y hojas de blog, para los que no tenían, o para todos, siempre, a principios de mes.

La profesora Isabel hizo del español una materia mucho más divertida en la escuela: nos contaba cuentos, nos comprometía a escribir nuevos, nos narraba noticias del periódico y hasta una vez, en medio de una veintena de ojos pueriles y curiosos, afirmó que el Amor tenía nombre, alas, y que siempre buscaba parejas para lanzarles una flecha con la punta en forma de corazón, en medio de una civilización que no había visto problema alguno en que este chiquitín extrovertido fuera hijo del Dios de la Guerra. Ya tenía más de 50 años, pero aún así, conservaba esa actitud juvenil que la llevó hasta allí, para enseñarnos a mí y cientos de compañeros dónde debía escribirse la tilde en las esdrújulas o cómo debía pronunciarse la ll del caballo para que no cambiara de forma el pobre animalito.

Ahora, con tantos años que me da un poco de vergüenza preguntarle, me dice que recuerda su pueblo natal cada vez que llega a la pequeña escuela en la que enseña sus últimas cosas. Allí, en una pequeña parte de la pobre cancha de fútbol de tierra, ella inmortaliza el recuerdo de su niñez, jugando en la playa del río, creando y destruyendo sus mismos castillitos, en una arena que no se parecía en nada a aquel polvo que ella ahora toca con sus serias zapatillas, salvo que, en ambos lugares, se mezclan la naturaleza, con la magia única del los niños jugando. Por eso considera su escuelita una playa, porque es lo más maravilloso que en su mente, alguna vez, hubiera tenido un contacto directo con la felicidad. Y por eso, así mismo, considero por sus palabras que su vida es en sí misma como una gran playa, cuando me aconseja con voz temblorosa: -aquí o en cualquier parte, uno debería gozar como si estuviera haciendo castillitos de arena-.

Es hora de irme y la Profe Isa se levanta para darme un gran abrazo, de esos que nunca olvidas, de esos que están cerca de un adiós definitivo, un abrazo que se efectúa en cuatro o cinco segundos, pero que dura para siempre. La profe querida, la que me entregaba lápices y veía con entusiasmo a los niños jugar fútbol, volverá a su pueblito a compartir con su gente todo lo que vivió en una tierra que nunca le pareció ajena, y a contarles la historia de su vida que es, para muchos, como uno de aquellos cuentos fantásticos que nos enseñaba, como la mágica y hermosa imagen de una playa al atardecer.

lunes, 15 de marzo de 2010

Descriptivo












Mis “Papos”



Son sólo los vestidos específicamente diseñados para la talla de mis alas terrenales, nada más. Paradójicamente, una caravana fija de cueros y telas multicolores que encierran mis pasos.

Cuestión de castidad. La imprudencia de dejar libres nuestras alas rastreras costaría, tal vez, un viaje sin rumbo, una elevación sin sentido, como un globo de helio, recién eximido de la jaula natural de un niño divertido.

Son sólo el disfraz de mis pies, son sólo mis zapatos… un par de “papos”.

lunes, 15 de febrero de 2010

CRÓNICA DE UN DESCUBRIMIENTO

Estoy a punto de afirmar que vengo de la cigüeña. Lo demás, aquello que se me cuenta por parte de presumidas bocas, me parece bastante fantasioso, lleno de símbolos y anécdotas pretenciosas que dejan al ser humano inmerso en un temible halo de divinidad; peligroso, antes que bello.

-Eres un milagro, simplemente- dice mi madre mientras prepara sus recuerdos, en la temible visión de lo que sería la concesión de un nuevo mundo.
Era 27 de diciembre, dos días antes aquella mujer de cabellos plateados que dice ser mi madre se encontraba en la tímida celebración familiar de navidad. Era joven, pero no esbelta, una protuberante curva en su vientre dificultaba la manifestación de la perfección individual, porque ya no estaba sola; me esperaba.

Aquella noche de navidad fue agotadora; ella no bailó, yo sí. El inquieto pequeño que labraba un destino nuevo para ella, azotaba su vientre, convirtiéndola en lo que para mí pareció, según su descripción, un gigantesco muro de contención, infranqueable pero sosegado.
-Vámonos-, dijo a mi padre, más como un gemido que como una petición.

Y regresaron a su casa, en la espera de algo mágicamente terrible, que no tuvo su momento en esa noche, ni tampoco a lo largo la siguiente jornada en que llega el sol a separar la luna.

El 27, día de San Juan, despertó ella con fuertes contracciones, y, en un atrevido intento de solución rápida, salió sola de su casa, rumbo hacia las fronteras de una nueva creación que por el momento no tenía rostro, pero sí forma. Llegó al hospital y, de inmediato, cientos de enfermeras,-dice ella-, se formaron a su alrededor, intentando establecerla en cualquier parte, de manera que, con tanto alboroto y dolor, su “espíritu se dejó llevar hasta el extremo de la vida”, según dice, y empezó a soñar.

Soñó que se convertía en princesa, y que junto a ella, decenas de ángeles blancos la elevaban cuidadosamente hacia un trono nuevo, un altar claro, lleno de inscripciones de una lengua superior a cualquiera hecha por el hombre. De repente, los ángeles hicieron una calle con el espacio entre sus cuerpos para la llegada de un hombre vestido de azul, que sólo dejaba descubrirse los ojos, igual que Dios. Y puede que haya sido el mismo creador, pues, en una agitada danza de sus brazos, la ungió a ella con una especie de aceite que le quitó el terrible, pero extraño, dolor que sentía desde que despertó. Luego, el dolor disminuido comenzó a convertirse en una vertiginosa luz que provenía de su vientre, y que la hizo por fin entablar contacto con la realidad, mientras sentía el mayor orgasmo que hubiera concebido su espíritu, se elevó hacia la última dimensión de la muerte y volvió en un segundo, dirigida por la nueva creación de la vida, regida por sus más fantásticos méritos divinos de creación. Yo había nacido.

-Eres un niño terrible-, me dice ahora que no tengo más que decir. He probado que aquella hermosa mujer de cabeza de ceniza no es mi madre; es demasiada fantasía para creer que he nacido mediante una pretenciosa creación de un mundo mágico inventado por ella misma, y no por el verídico y concreto viaje que mamá cigüeña emprendió desde París.


Danilo Andrés Rey Jerez

Educar en una cultura del espectáculo, Joan Ferrés

En el libro, Educar en una cutura del espectáculo, Joan Ferrés nos propone una nueva lectura del mundo educativo, en el cual los maestros deben obtener la información necesaria para realizar una labor docente que lo lleve a comprender un poco más una cultura que va haciendose cada vez más fuerte y se establece como un vínculo aferrado a las nuevas generaciones: la cultura del espectáculo.
Joan Ferrés proyecta su texto desde un primer, pero específico acercamiento, a lo que será la explicación del tema central del texto en su totalidad. En esta primera parte deja por sentadas las bases que tendrán en adelante las exposiciones de sus ideas, en las que maneja un discurso tan interesante para los maestros, como para los mismos estudiantes. Y es esto mismo lo que hace la lectura tan amena y llevadera, partiendo de que es un tema de interés mucho más general de lo que se piensa, incluso, si podemos imginarnos más allá, podríamos estar diciendo que este texto podría ser para los maestros tan interesante, como lo alcanzaría ser para los medios de comunicación.
En un manejo mucho más detallado de la comunicación de sus ideas, el autor nos lleva a encontrarnos con hipótesis o afirmaciones bastante reveladoras en el caso personal, ya que entabla relaciones con una serie de características específicas de las que se apropian los medios masivos y modernos de comunicación con el fin- consciente o no- de convertir todo en espctáculo.
El libro es bastante argumentativo y demuestra con hechos concisos, y muchas veces que tocan una experiencia en el área nacional, que estas ideas están formuladas con bases sólidas, no obstante, el texto se hace un poco repetitivo, pues los temas principales que abordó desde la primera parte sigen desarrollándose en la misma medida en que cece el número de páginas y, aunque esto puede ser muy bueno en algunos casos, el desarrollo de estos temas está abordado desde distintos títulos, pero en una misma perspectiva.
Así pues, decenas de palabras de Joan Ferrés fueron para mí como un repetitivo dèjá vu, en el que el eterno retorno del tratamiento de los temas primordiales dejó la impresión de una sujeta marca hacia la voluntad de aprendizaje, como cierta madre, que para que su hijo aprenda algo de la vida, lo repite muchas veces, con voces y caricias distintas, con el fin de hacer ver diferente, algo que no tenía más objetivo que el estrictamente operativo.
Ahora pues, el texto, con todo y su margen de repetición, es un verdadero deleite que se sustenta en los temas que aborda, ideas que, aunque muchos de nosotros quizás hayamos pensado en ellas, nunca antes las habíamos dejado dilatar por nuestro intelecto, llegando a analizarla y a mostrarla como en una significativa disección, para llevarnos a conocer mucho más acerca de una cultura recientemente llamada y envuelta en el espectáculo y, además, para moverle un un poco, la mentalidad al docente que se estanca como una anacrónica piedra, en medio de un dinámico río de gente.

viernes, 20 de noviembre de 2009

El arte de la enseñanza


“Dedicado a ti y a mí, que con nuestro arte educamos nuevos hombres magos.”

El arte de la enseñanza

Manifestada por una explosiva convención entre pasión y disciplina, el arte expresa la concepción magnífica de una obra que desenfunda el alma, la hace sublime y a la vez tan pequeña, que puede caber dentro de cada uno de los corazones que comparten su presencia. Así pues, se establece dentro de un parámetro mucho más mágico y universal que el maestro, más que un simple profesor, es un artista por excelencia.

Enseñar por el placer de hacerlo simplemente, es un ínfimo rasgo que no denota la cabalidad del rostro con el que el maestro hace levitar sus palabras sobre los gestos pueriles de sabios que conocen los más grandes secretos de un mundo ajeno a aquellos que, como tú y yo, pensamos primero en la leve armonía de estas palabras y no en el colosal universo que se encuentra ante ellas. Porque somos nosotros los que, convencidos en una absurda certeza, nos enorgullecemos de que, más que cualquier otra cosa, es la capacidad de lectura lo que nos eleva por encima de la irracionalidad y nos hace ser racionales.[1]

Y no terminamos de comprender el mundo. Va más allá de lo que la razón permite aclarar, ya que nuestros ojos se posan firmes sobre lo que ya conocen, como una inquieta mariposa, imbatible sobre su franqueable asentamiento de hojas de otoño…Es tiempo de volar.
Es tiempo de permitir que los maestros de la infancia nos enseñen el significado de las palabras más simples, mientras nosotros les hacemos ver la forma de escribirlas. Es tiempo de filtrarnos en su mundo mientras les desglosamos el nuestro, es tiempo de acabar con el tiempo, y hacer de la docencia una mágica eternidad.

La vida se sumerge muchas veces en un océano de irracionalidades que convencen al más cuerdo de que la locura es una simple invención que cada vez se difumina más y se establece como la esencia de un ser que, como el hombre: no pide nacer, no sabe vivir y no quiere morir.

El maestro entonces es el artista que hace al inocente conocer y utilizar las herramientas para mantenerse de pie en ese mundo dinámico y hostil, sin embrago, el oficio del arte de enseñar lleva también al docente a dibujar con sus palabras el mundo real, su historia, sus progresos y sus errores, de manera que convierte el salón en una magnífica puerta que este sabio de medidas cortas trasgrede fácilmente dirigido por el diáfano instinto de la curiosidad, transformándose en el emperador de un mundo que recién conoce.

Al ingresar en la escuela, el niño se encuentra en una edad en que su racionalidad todavía no está bien desarrollada y en la que los sentimientos dominan el pensamiento.[2] ¿Qué me hace recordar el amor? Nada más la certeza de que este sentimiento remueve el alma hasta convertirla en un elixir incierto que se decanta por cada una de nuestras pasiones, convirtiendo nuestro frágil ser en el centro del universo. El niño ama su mundo mágico que se instaura a través del nuestro, porque nada para él carece de originalidad, pero todo es tan fantástico y real a la vez que, al final, no podemos reconocer la veracidad ni de su mundo ni del nuestro, porque mientras nuestra diligente racionalidad trata de compararlos, la magia pueril del niño ya los ha fundido, transfigurando nuestras palabras en maravillosas nubes con formas definidas que van y vuelven muchas veces y a la vez, tal como lo hacen los sueños de aventuras.

Ese es el verdadero corazón del arte del maestro, amar su profesión mientras hace de ella el vínculo sublime con el que se pueda gestar una vida magnífica que nunca termina de aprender y que, más bien, se deja llevar eternamente por esa magia febril que delegan los sabios más pequeños del universo: los niños, aquellos que, aún siendo los reyes inapelables de su cosmos fantástico, se dejan enseñar de un rústico y humilde servidor las incidencias más simples de un mundo diluido y racional que, en la emotiva esencia de la magia, hace que nuestro arte de la enseñanza sea el único medio con el que tú y yo comprendemos que después de estas incólumes palabras aladas, no sigue un punto final.

Danilo Andrés Rey Jerez 2070463

[1] Bettelheim, Bruno y Zelan, Karen. En: Apender a leer; “La magia de la lectura”. Barcelona: Grijalbo.1982, pág. 58
[2] Bettelheim, Bruno y Zelan, Karen. En: Apender a leer; “La magia de la lectura”. Barcelona: Grijalbo.1982, pág. 59