Estoy a punto de afirmar que vengo de la cigüeña. Lo demás, aquello que se me cuenta por parte de presumidas bocas, me parece bastante fantasioso, lleno de símbolos y anécdotas pretenciosas que dejan al ser humano inmerso en un temible halo de divinidad; peligroso, antes que bello. -Eres un milagro, simplemente- dice mi madre mientras prepara sus recuerdos, en la temible visión de lo que sería la concesión de un nuevo mundo.
Era 27 de diciembre, dos días antes aquella mujer de cabellos plateados que dice ser mi madre se encontraba en la tímida celebración familiar de navidad. Era joven, pero no esbelta, una protuberante curva en su vientre dificultaba la manifestación de la perfección individual, porque ya no estaba sola; me esperaba.
Aquella noche de navidad fue agotadora; ella no bailó, yo sí. El inquieto pequeño que labraba un destino nuevo para ella, azotaba su vientre, convirtiéndola en lo que para mí pareció, según su descripción, un gigantesco muro de contención, infranqueable pero sosegado.
-Vámonos-, dijo a mi padre, más como un gemido que como una petición.
Y regresaron a su casa, en la espera de algo mágicamente terrible, que no tuvo su momento en esa noche, ni tampoco a lo largo la siguiente jornada en que llega el sol a separar la luna.
El 27, día de San Juan, despertó ella con fuertes contracciones, y, en un atrevido intento de solución rápida, salió sola de su casa, rumbo hacia las fronteras de una nueva creación que por el momento no tenía rostro, pero sí forma. Llegó al hospital y, de inmediato, cientos de enfermeras,-dice ella-, se formaron a su alrededor, intentando establecerla en cualquier parte, de manera que, con tanto alboroto y dolor, su “espíritu se dejó llevar hasta el extremo de la vida”, según dice, y empezó a soñar.
Soñó que se convertía en princesa, y que junto a ella, decenas de ángeles blancos la elevaban cuidadosamente hacia un trono nuevo, un altar claro, lleno de inscripciones de una lengua superior a cualquiera hecha por el hombre. De repente, los ángeles hicieron una calle con el espacio entre sus cuerpos para la llegada de un hombre vestido de azul, que sólo dejaba descubrirse los ojos, igual que Dios. Y puede que haya sido el mismo creador, pues, en una agitada danza de sus brazos, la ungió a ella con una especie de aceite que le quitó el terrible, pero extraño, dolor que sentía desde que despertó. Luego, el dolor disminuido comenzó a convertirse en una vertiginosa luz que provenía de su vientre, y que la hizo por fin entablar contacto con la realidad, mientras sentía el mayor orgasmo que hubiera concebido su espíritu, se elevó hacia la última dimensión de la muerte y volvió en un segundo, dirigida por la nueva creación de la vida, regida por sus más fantásticos méritos divinos de creación. Yo había nacido.
-Eres un niño terrible-, me dice ahora que no tengo más que decir. He probado q
ue aquella hermosa mujer de cabeza de ceniza no es mi madre; es demasiada fantasía para creer que he nacido mediante una pretenciosa creación de un mundo mágico inventado por ella misma, y no por el verídico y concreto viaje que mamá cigüeña emprendió desde París.Danilo Andrés Rey Jerez
